A SOLITARY WALK FROM SOUTHERN SPAIN TO TURKEY, EXPLORING
MEDITERRANEAN VALUES AND TRADITIONS THAT ARE IN DANGER OF EXTINCTION.

SEALED, WITH A KISS

(Texto español abajo)

To say that the last few days were interesting is an understatement. We’ve been in the hills of Ronda where people eek out their living from an inhospitable, rocky terrain, as they’ve done for centuries. No creature comforts there – it’s all rustic in the extreme. We were hosted by Sophie, an English girl who somehow ended up with her daughter Evie in this middle-of-nowhere place. She tried her best to come up with a good excuse, but some things have no explanation.

The village consisted of a church, two bars and a cluster of houses with less than 300 inhabitants. As soon as we arrived we were adopted by an odd little man who didn’t leave our side for the two days we spent there, constantly repeating the same phrase: “We’ll get there in time”. Get where? We’ll never know.

We visited a goatherd whose father, grandfather and three generations before that were all goatherds; he was completely at one with his land and his goats, like some Greek demigod, part human part animal. He is the last of his kind. Just a few years ago there were 30 goatherds in the vicinity but now he is the only one left. He has no family and, with a resigned shrug of the shoulders, said “All of this will disappear, no more goats after me.

It was the same story everywhere – the change has been brutal and faster than anyone could imagine.Tomorrow these people will be buying all their supplies in a supermarket, if they manage to scrape enough money somehow – beats me how. Their livelihood is precarious and made worse by the authorities who have clamped down on traditional small food producers in the region, declaring their timeless ways of growing, exchanging and selling of their perfectly natural produce illegal.

Who is behind this? Is it a deliberate attempt by the big business to take over or is it just blind ignorance and incompetence on the part of the local and national authorities? I am sure this wasn’t our last brush with this sinister phenomenon, so we’ll keep our eyes open and try to find out what exactly is going on (our video episode about the “village that can’t be named” is coming soon).

We descended a few kilometres from the mountains to the coast, to Puerto Banus, and the contrast couldn’t be greater: suddenly we were on a totally different planet. The port is home to a huge flotilla of luxury yachts, haute couture boutiques and ostentatious wealth. You don’t hear much Spanish, everyone is a tourist or an expat. As I take a walk around the back alleys in search of an affordable beer, I am accosted by hordes of drug pedlars and hookers. It’s low season and two Russian prostitutes are only too happy to chat with me over a drink. Ana and Svetlana. The latter has a degree in classical literature, so we talk about Tolstoi, Dostojevski and Chekhov. They swap entertaining anecdotes about their clients, rating the English at the bottom of the heap (always drunk) and the Germans at the top (always pay well). The difference between the primitive innocence of the people in the hills and this cosmopolitan cesspool of money and vice is too tremendous to contemplate or comprehend.

We go on to Marbella. My crew drives, I walk, as usual. An easy walk, a pleasant day in the sun. After dinner, Maia and Basil go home rather early, before midnight (how easily it comes now to call any one-night hotel home!). I went to a small bar for a nightcap, had a couple of glasses of wine and, finally ready for bed, asked a red-haired waitress how much I owed her. She said “One kiss, handsome”, so I kissed her and that was that, the bill settled. Does this happen in any other place?

DÍA 10 - Sellado con un beso

Decir que los últimos días han sido interesantes es una subestimación. Hemos estado en las colinas de Ronda donde las personas llevan siglos ganandose la vida en esta tierra rocosa y inhóspita. No hay comodidades allí - todo es rústico hasta el extremo. Nos alojamos en casa de Sophie, una chica Inglés que de alguna manera acabó en este lugar en mitad de la nada con su hija Evie. Sophie intentó buscar una buena excusa para esto, pero hay cosas que no tienen explicación.

El pueblo consistía de una iglesia, dos bares y un conjunto de casas con menos de 300 habitantes. Tan pronto como llegamos fuimos adoptados por un curioso hombrecillo que no se alejó de nuestro lado durante los dos días que pasamos allí, constantemente repitiendo la misma frase: "Llegaremos a tiempo". ¿Llegar adónde? Nunca lo sabremos.

Visitamos a un pastor de cabras, descendiente de cinco generaciones de pastores de cabras; él, su tierra y sus cabras eran una cosa sola, parecía un semidiós griego, parte humano y parte animal. Este pastor es el último de su tipo. Hace apenas unos años habían unos 30 pastores en los alrededores, ahora solo queda él. No tiene familia y, recogiendo los hombros con resignación, dice: "Todo esto va a desaparecer, después de mí no habrán más cabras".

Oímos la misma historia repetirse en todas partes - el cambio ha sido brutal y más rápido de lo que nadie podía imaginar. El día de mañana esta gente va a tener que hacer toda su compra en un supermercado, si se las arreglan para encontrar suficiente dinero - no sé cómo. Su subsistencia es precaria y agravada por las acciones de las autoridades locales que han tomando medidas contra los pequeños productores, declarando ilegales sus tradicionales formas de cultivar, intercambiar y vender su productos perfectamente naturales.

¿Quién está detrás de todo esto? ¿Es un intento deliberado de las grandes corporaciones para hacerse con todo el negocio o es sólo ciega ignorancia e incompetencia por parte de las autoridades locales y nacionales? Estoy seguro de que esta no va a ser la última vez que nos encontremos con este fenómeno tan siniestro, así que mantendré los ojos abiertos y trataré averiguar qué es exactamente lo que está pasando (nuestro vídeo episodio sobre el "pueblo que no se puede nombrar" llegará muy pronto).

Bajamos unos pocos kilómetros, de las montañas a la costa, hasta a Puerto Banus, y el contraste no podría ser más evidente: de repente nos encontramos en un planeta totalmente diferente. El puerto alberga a una enorme flotilla de yates de lujo, boutiques de alta costura y ostentosa riqueza. No se oye hablar mucho español, aquí son todos turistas o expatriados. Mientras callejeo por los rincones del Puerto, en busca de una cerveza asequible, se me arriman unas hordas de camellos y fulanas. Es temporada baja y dos prostitutas rusas están más que contentas de charlar conmigo tomando una copa. Ana y Svetlana. Esta última tiene un título en literatura clásica, por lo tanto hablamos de Tolstoi, Dostojevski y Chekhov. Ellas intercambian anécdotas entretenidas sobre sus clientes, calificando a los Ingleses como los peores (están siempre borrachos) y a los Alemanes como los mejores (pagan siempre bien). La diferencia entre la inocencia primitiva de la gente de las colinas y este cosmopolita pozo negro de dinero y vicio es demasiado grande para considerar o comprender.

Seguimos hasta a Marbella. Mi equipo en coche, yo caminando, como siempre. Un paseo agradable, un buen día bajo el sol. Después de cenar Maia y Basil van a casa temprano, antes de la medianoche (que fácil es ahora llamar “casa” a cualquier hotel de una sola noche!). Encuentro un bar para la última copa y después de unos vasos de vino, ya listo para la cama, le pido a una camarera pelirroja que me traiga la cuenta: “Que te debo?” pregunto, y ella “Un beso, guapo”, así que le doy un beso y ya está todo arreglado. ¿Podría esto pasar en otro país?

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